Medianoche (Texto Propio)
…y mientras la tornamesa gira con lentitud, acariciando con su uña la negra piel del disco, las volutas de humo de mi puro ocultan tu forma acariciante que mira tras la ventana la lluvia de medianoche, la calle que abandonó el ser humano tras la incursión de la lluvia, conquistadora absoluta de la oscuridad, del chasquear tranquilo de la lluvia en las aceras, del crepitar de la aguja que arranca notas y voces del disco en la tornamesa, que gira con el disco mientras te mueves con languidez hacia la mesa, en esta atmósfera caldeada de vidrios levemente empañados de tu habitación…
Te acercas bailando con lentitud, quizás un poquito ebria, como lo estoy yo, y en la mano un vaso que llora, con unos hielos de cristal que se deshacen en un dolor antiguo, olvidado hasta por quien fue sentido…
Tengo los ojos entrecerrados, disfrutando del humo suspendido en este cuarto de cara a la lluvia, cuando te recargas en mí. Con mi mano libre exploro en la ceguera de mis manos el país ignoto de tu espalda, el camino que voy descubriendo con la punta de los dedos, tu ropa interior que es apenas una frontera artificial, una línea trazada insensatamente en medio de una pradera de yerba fresca, apenas naciente, desnuda de vegetación mayor, si acaso solo un cauce de un río ahora prácticamente seco pero vivo en su interior, con peces microscópicos que se deslizan presurosos bajo la presión apenas insinuada de mis dedos; con tu pecho que doblemente empuja mi torso hacia el sillón insinuante, con tus labios cansinos que murmuran palabras que no entiendo, idioma extraño de amante y cabellos en la cara, idioma en blanco cuyas palabras se inauguran cuando las pronuncias, significados que crecen como una granada que se va llenando de rubíes, de tu cuerpo que baila, de tu cuerpo que danza apenas pegado al mío como la llama de una vela bajo el tacto de mi mano…
Quizás la tornamesa repite sobre el disco el movimiento de mi mano en tu espalda; quizás tus pies repiten el movimiento de la aguja sobre el disco, quizás el mundo repite tu danzar sobre el piso del universo entero, quizás todo se limita a quedarse quieto mirándote moverte suavemente unida a mi cuerpo, ronroneando en mi cuello tus quejas de gata montés, mientras nuestros cuerpos gravitan como satélites de la Luna que duerme tras la lluvia, de la lluvia en el disco y en la calle, de las frontera en tu espalda que cruzo impunemente, indocumentado universal de tantas aduanas abandonadas, de tantos senderos perdidos, de tantos pasos dados en la inmensidad de desiertos interiores.
¿Qué es eso que suena? Es una guitarra, o quizás una mujer, y suena como si llorara en medio de la noche…
¿Qué es eso que suena? Es un piano, o quizás un ave que abandona este mundo, para cazar cometas…
¿Qué es más grato, la verdad incomprensible, o el par de senos que se han abierto como flores frente a mí?
¿Qué es más dulce, el aroma de la lluvia, o el beso que me das ahora?
He encontrado tu cabello corto, y más al sur tus ojos, como una constelación recién nacida.
¿Por qué si sonríes la lluvia se detiene?
¿Por qué el humo copia tu silueta?
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