Hoy te vi, pero tú ni siquiera me notaste. Te veías cansado, absorto, lejos, triste. Quise acercarme, pero tuve miedo. Algo me decía que no era el mejor momento, y luego averigüé por qué. No estabas solo; ahí estaba ella, dándome la espalda y leyendo un libro, como a un metro de ti, mientras tú permanecías de pie, cual soldado ante el vaivén del vagón. Mi guardián de bata blanca y chamarra negra, que ahora sirve a otra reina.
Por un segundo sólo estábamos los tres en el universo. Tú, de pié combatiendo tu propio océano interno, ella, distraída leyendo, y yo, el fantasma de tus letras pasadas, que a veces no se resigna a dar vuelta a la página o arrancar la hoja del diario.
Sigo adelante y entiendo que no es posible hacer volver el tiempo. Sólo me resta confortarme en tus tinieblas, cobijarme en tu manto de oscuridad e historias, amándote a gritos con cada letra, cada pausa, cada punto y cada coma, mientras mi voz sigue en silencio, y mi corazón en tus manos.

No hay comentarios:
Publicar un comentario